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Desde la Repla. CARONTE PIDE TRASLADO. EL BARQUERO YA NO SOPORTA LA POLÍTICA MURCIANA

CARONTE PIDE TRASLADO. EL BARQUERO YA NO SOPORTA LA POLÍTICA MURCIANA

Hay profesiones de riesgo. Desactivar bombas, domar cocodrilos, arbitrar un derbi o gestionar una comunidad de vecinos, con ideologías contrarias. Pero ninguna alcanza el nivel de toxicidad laboral del pobre Caronte, el barquero del Hades, condenado desde hace tres mil años a transportar almas al otro lado del Estigia en el inframundo. El hombre creía haberlo visto todo, tiranos, emperadores, poetas, asesinos, filósofos, usureros, reyes, traidores y hasta algún honrado, que siempre resulta el espécimen más raro. Sin embargo, un día alguien le asignó destino provisional a la Región de Murcia y pidió inmediatamente la baja por ansiedad mitológica.

Descubrió que aquí los muertos no saben que están muertos. La política regional parece un episodio de The Walking Dead dirigido por Berlanga y reescrito por Valle-Inclán después de una sobremesa de anís del mono. Los cadáveres ideológicos pasean erguidos, hablan en las tribunas, inauguran rotondas, convocan ruedas de prensa y discuten apasionadamente sobre principios que llevan décadas enterrados bajo varias capas de pintura electoral. Caronte, que distingue un difunto a dos kilómetros, se quedó perplejo, aquí hay demasiados y, cojones, esos gobiernan.

El Partido Popular es el primero en embarcar, no porque esté peor que los demás, sino porque lleva tanto tiempo gobernando que ya ha desarrollado raíces. Si mañana desapareciera el Palacio de San Esteban, muchos murcianos pensarían que antes puede mudarse el edificio que el Gobierno, estarían en una silla de palía deliberando y con el coche oficial al lado. El PP ya no es un partido, aquí es una especie vegetal -por lo de las neuronas- protegida, una secuoya burocrática, un ficus administrativo que sobrevive regándose con mayorías relativas, pactos circunstanciales y una habilidad extraordinaria para confundir el inmovilismo y el absentismo del relato con la estabilidad. Antes hablaba de liberalismo, de reformas y gestión, pero hoy con tanto mediocre práctica una nueva corriente filosófica llamada “quietismo institucional”. Consiste en permanecer tan inmóvil que hasta los problemas acaban cansándose de esperar.

Fernando López Miras parece el capitán de un crucero que lleva años navegando en círculos, un espectro en un buque fantasma. los pasajeros ya ni preguntan el destino, solo celebran simplemente que el barco no se hunda antes del siguiente informativo.

El PSOE. Llega jadeando, como quien siempre pierde el autobús de la historia por detenerse demasiado tiempo a discutir el color de la parada. Los socialistas murcianos llevan tantos años buscando una identidad que deberían pedir ayuda al departamento de objetos perdidos, cambian de líder con la esperanza de que el envoltorio transforme el contenido, pero el resultado siempre recuerda a esos restaurantes que renuevan la carta sin cambiar nunca al cocinero. Han confundido la oposición con un grupo de terapia, solo denuncian, comparecen, condenan, se indignan, se repiten, y vuelven al principio. Más que un partido parece el eco de sí mismos.

Luego llega Vox. Caronte ya prepara dos barcas, una para los dirigentes, otra para los exdirigentes, y claro, una zodiac por si durante la travesía se produce otra escisión, que no sería extraño. Ningún partido ha descubierto tan pronto que el enemigo podía encontrarse sentado en la misma ejecutiva, y era de sospechar. Empezaron prometiendo asaltar las murallas de Troya y terminaron librando la batalla de Numancia dentro del cuarto de las fotocopias, patético. Son una versión política de las muñecas rusas, sí, las matrioshkas, abres una crisis y dentro aparece otra más pequeña, y otra, y otra, hasta descubrir que el adversario definitivo eres tú mismo.

Mientras tanto, los comunistas ni siquiera esperan la barca, son fantasmas y no en sentido figurado, literalmente espectros. Algunas noches recorren las facultades haciendo sonar viejas consignas como cadenas oxidadas, son el castillo encantado de la política regional al que nadie quiere ir y le dan un resguardo de kilómetros. Todo el mundo afirma haberlos visto alguna vez, pero nadie consigue encontrarlos cuando llegan las elecciones, Marx descansa y Lenin también en lugares oscuros. Sus herederos murcianos llevan tanto tiempo desaparecidos que hasta las telarañas han pedido nuevo destino de libre designación.

Sorpresa, aparece Cartagena. Ah… Cartagena. El lugar donde la lógica se arroja voluntariamente al puerto con un bloque de hormigón atado a los tobillos. Donde la política municipal no necesita guionistas, basta con abrir el pleno y ver como Movimiento Ciudadano sigue navegando con la misma brújula desde hace décadas en el agravio permanente. Si algún día Madrid decidiera regalarle a Cartagena el Palacio Real, dos o tres ministerios, el Museo del Prado y media Armada más, MC convocaría una rueda de prensa para denunciar que el envoltorio tenía demasiada cinta adhesiva. Son así, su combustible es el victimismo elevado a energía renovable ya que, viven instalados en un 2 de mayo perpetuo. Siempre resistiendo, siempre denunciando, siempre sitiados y siempre a cinco minutos del apocalipsis cartagenero, cuando el apocalipsis no llega… convocan otro si es necesario, el ridículo mediocre elevado al máximo exponente, pero, “ande yo caliente que me critique la gente” ....

Mientras tanto, populares, socialistas, Vox y MC se insultan durante el día con una pasión digna de Shakespeare y coinciden por la noche alrededor de la misma bandeja de croquetas, demostrando que la gastronomía consigue milagros que la ideología jamás alcanzó en un ecosistema fascinante. Los principios duran exactamente lo mismo que una rueda de prensa, las líneas rojas son de tinta soluble o simplemente ocasionales, los vetos tienen fecha de caducidad como los yogures y las promesas son yogures políticos, basta cambiar la etiqueta para volver a venderlas.

Caronte observa la escena y empieza a sospechar que lo han engañado. Él transportaba muertos, aquí le han dado actores y vuelve a pedir el cambio, no por miedo, sino por agotamiento, cada legislatura se interpreta una obra distinta utilizando siempre el mismo decorado, de cartón piedra. Cambian los carteles, los lemas y hasta las corbatas, pero el libreto sigue siendo idéntico. Los espectadores pagan la entrada con impuestos y el aplauso viene grabado, los protagonistas se reparten los camerinos y comienza otra función.

Aquí, el barquero, Caronte decide entonces cerrar la barca, no piensa cruzarlos y no por falta de sitio sino por exceso de equipaje. Cada uno lleva encima toneladas de promesas incumplidas, discursos reciclados, principios hipotecados, pactos desmentidos y egos tan voluminosos que hunden cualquier embarcación. Se imaginan…Vacíen los bolsillos…, empiezan a sacar cosas, un programa electoral sin estrenar, tres o cuatro mociones olvidadas, cinco líneas rojas remendadas con cinta americana, una docena de asesores y asesoras inicuas. Cuatro eslóganes reutilizados, un detector de culpables que siempre apunta al adversario, ni rastro de una idea nueva ni de innovación ciudadana.

Caronte suspira y comprende que el verdadero río no es el Estigia, es el Segura. Ambos comparten una cualidad extraordinaria, cada cierto tiempo bajan turbios, arrastran demasiados residuos y obligan a preguntarse qué demonios está ocurriendo aguas arriba. Al final el viejo barquero renuncia, entrega el remo y solicita traslado urgente al Infierno clásico, el de la política murciana y cartagenera es demasiado duro hasta para él. Allí, al menos, los condenados saben por qué están condenados. En Murcia y Cartagena, la mayoría continúa convencida de que sigue viva políticamente, cuando hace años que sólo se mueve por reflejos, muertos.

Probablemente, esta sea la metáfora más cruel de todas, no gobiernan ideas sino la inercia. No compiten proyectos, compiten funerarias, y Caronte, pobre funcionario del más allá, ha terminado comprendiendo que el verdadero Hades no estaba debajo de la tierra sino estaba sentado en los escaños, esperando el próximo pleno para volver a discutir quién tiene derecho a sujetar un remo que hace mucho tiempo dejó de avanzar.

Mientras Caronte esperaba que alguien le explicara quién gobernaba realmente, decidió acercarse a las playas con la ingenua esperanza de encontrar algún rincón donde la gestión no hubiera naufragado. Error de principiante, descubrió que el Mediterráneo sigue haciendo gratis el trabajo que la administración lleva años prometiendo. Arena, servicios e infraestructuras sobreviven gracias a la paciencia de los vecinos y turistas, la organización parece diseñada por un comité de náufragos. Eso sí, la escena alcanza el surrealismo cuando aparecen los policías locales patrullando la costa en sus quads, durante unos segundos uno cree estar viendo un episodio de Los vigilantes de la playa. Sólo falta que suene la música de la serie y que, en lugar de David Hasselhoff, aparezca el agente con pantalón corto, gafas de espejo y crema solar factor cincuenta dispuesto a librar la épica batalla contra una sombrilla mal clavada. En California corrían para salvar bañistas del Pacífico, aquí el verdadero rescate sería encontrar a alguien capaz de sacar del agua la gestión municipal antes de que la temporada termine completamente a la deriva. El flotador institucional hace tiempo que perdió el aire, pero siguen vendiéndolo como si fuera una moto acuática de última generación.

Andrés Hernández Martínez